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Apreciaciones Críticas

Habitar la demora

Ainara Cogollos, Ona Flores, Héctor González, Rubén Guedes, Andrea Moreno y Marina Sunyer Comisariado por Adrián Castellano de la Rosa y Marina Peralta Pérez Galería L Contemporary (Calle Callao de Lima, 39, 38002 Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, España) 18 de junio al 8 de agosto de 2026

Habitar la demora

Judith G. Beltrán

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Lo que somos se encuentra construido sobre aquellos lugares en los que pudimos ser: la casa de abuela, la plaza del pueblo, la cala de siempre. Nuestra vida más temprana está marcada por estos espacios en los que nos desarrollamos y a los que siempre tuvimos la oportunidad de volver (o no). Mientras crecimos, identificamos estos sitios como propios, y de esta manera los habitamos. Sin embargo, la crisis de la vivienda y la especulación del suelo público han transformado la forma de relacionarnos con el espacio ocupado. Habitar nunca ha sido un verbo neutral, pero en los tiempos que corren se ha convertido en una experiencia vital marcada por la inseguridad, la vulnerabilidad y la angustia constante. En Habitar la demora las actuales formas de poblar encuentran su expresión tanto en la materialidad de los objetos mostrados en la sala de exposiciones como en los símbolos y significaciones que de ellos subyacen. El conjunto de obras indaga en la idea de una identidad colectiva y generacional configurada a partir de este estado de vulnerabilidad compartido que afecta especialmente (aunque no se manera exclusiva) a las generaciones más jóvenes, aquellas en las que se incluyen los y las artistas presentes en la muestra.

Figura 1: vista general de la exposición. Fotografía de la autora

Cuestiones como la precariedad, la geografía, la emigración, la memoria o el arraigo se encuentran presentes tanto en la muestra como en la realidad personal de miles de canarios y canarias. Las presiones sistémicas que ejerce un modelo de viviendas desregulado y agresivo provocan la materialización del deseo de disponer como respuesta a la negación de un anhelo, de un futuro. Disponer de un lugar, de un espacio propio así sea de manera simbólica, se vuelve una necesidad básica y vital. En la obra La tierra que guardo (2025) (figura 2), el artista Héctor González reflexiona de manera crítica sobre la mercantilización del suelo de las islas tomando como sujeto artístico el elemento material primario: la tierra. Mediante un cuidadoso rito de almacenamiento y conservación, el artista desarrolla una apropiación simbólica de todos aquellos espacios que habitó, la cual tiene como fundamento los lazos afectivos establecidos con el territorio: guardo esta tierra porque es mía. Este anhelo de disponer se manifiesta de igual manera en la obra Solar I (2026) de Andrea Moreno. Mediante la representación de un espacio concreto, su habitación, la artista consigue reconocerse en la dimensión simbólica de la estancia. Este acto evidencia el anhelo colectivo de disponer de un espacio propio y la utopía que supone su realización.

Figura 2: Héctor González, La tierra que guardo (2025). Madera, tela, tierra y papel. Galería L Contemporary. Fotografía de la autora

La artista Marina Sunyer representa en su obra Formas de malestar (2025) la tensión que se deriva de la exposición prolongada de un material a su punto de máxima tensión. Este ejercicio creativo revela una metáfora en torno las violencias ejercidas de manera sistemática y cómo estas tensionan y deforman la experiencia vital de cada persona. El malestar, en este punto, se entiende como una condición de la que solo se advierten dos salidas: explotar o deshincharse. Estas mismas tensiones se encuentran presentes en ya no habrá primavera (2026) (figura 3), instalación en la que se advierte un juego de opuestos que oscila entre lo blando y lo sólido, lo íntimo y lo estructural. La intimidad del espacio doméstico y todo aquello que lo construye convive en fricción constante con la brutalidad del hormigón y el cemento, materiales que representan el corpus de violencias estructurales que merman las maneras de habitar.

Esta identidad representada, si bien es colectiva y generacional, también tiene una dimensión geográfica. En Canarias, la crisis habitacional halla un agravante en el turismo desmedido, principal foco de gentrificación y colapso. En Gracias por su visita (2025) Rubén Guedes emplea un elemento cotidiano (las servilletas de papel tan típicas de los bares) como elemento de contraste entre lo local y lo extranjero. La obra hace referencia al concepto ideal de las islas como un lugar de consumo y como un espacio consumible. Este concepto choca violentamente con la realidad material presente en las islas. Asimismo, la artista Ona Flores dispone en su obra La Magua (2026) seis imágenes que, combinadas, ofrecen un fragmento de esta realidad. La pieza alude a la creciente ola migratoria que experimenta la sociedad de las islas debido a la escasez de oportunidades y a las dificultades para acceder a una vivienda digna. La obra es atravesada por sentimientos como el arraigo, la añoranza o la morriña, todas impulsadas por una profunda vinculación afectiva con el territorio.

Figura 3: Ainara Cogollos, ya no habrá primavera (2026). Hueveras, bloque de hormigón, telas, fotografía, resina, relleno de sofá y cemento. Galería L Contemporary. Fotografía de la autora.

La exposición Habitar la demora fue inaugurada el pasado 18 de junio de 2026 en la galería L Contemporary. La muestra, comisariada por les historiadores del arte Adrián Castellano de la Rosa y Marina Peralta Pérez, fue seleccionada como proyecto ganador de la primera edición de Young Curators, un programa que impulsa y materializa las propuestas de jóvenes comisaries y profesionales del sector cultural. La muestra reúne las obras de seis artistas cuyas líneas de investigación versan sobre los vínculos entre territorio e identidad. Habitar la demora puede establecer un puente de diálogo con la exposición del colectivo artístico Pérez y Requena Un loro, tres bares y dientes de oro, que puede visitarse en TEA Tenerife Espacio de las Artes hasta el 18 de octubre de 2026. La investigación de estos artistas se centra en aquellos espacios de ocio que sucumbieron ante los efectos de la gentrificación y el alza de precios pero que, sin embargo, siguen persistiendo en el imaginario colectivo como parte de la identidad de la ciudad.