Todo lo que fui se quedó en su lugar: transgresión y disidencia
Todo lo que fui se quedó en su lugar Mencía Machado, Lluis T. Solés, Angelito, Arancha C. Álamo, Paula Martel, Narelys Hernández, Ana Dominguez, Julia, Marta García Acevedo, Iria Regueira, Acaymo Arbelo, Alejandro Bermúdez Álvarez, Alejandra Úcar, Silvia Caudevilla, Guillermo Oliva Casanova, Lucía Correa, Fran Wenk, Paula Machado, Raquel Acosta, Laia Rovira, Irene Moraga, Pablo Pérez Rivero, Miguel y Moisés H.H. Comisariado por Moisés Hernández Calle Catedral 17, 2º A, La Laguna, Tenerife 27 de julio de 2026 (inauguración y clausura)
Por Judith G. Beltrán
En medio de una crisis social protagonizada por una sistemática especulación de la vivienda, Todo lo que fui se quedó en su lugar explora los vínculos afectivos que se desprenden del espacio habitado y cómo estos nos conforman como individuos.
La muestra, comisariada por el historiador del arte Moisés Hernández, tuvo lugar el pasado 27 de junio en el piso 2º A del número 17 de la Calle Catedral (San Cristóbal de La Laguna), lugar en el que el artista y comisario residió durante los últimos años. La exhibición cuenta con la participación de un conjunto de veinticuatro artistas que proponen una lectura personal e íntima en torno a las fricciones generadas en el acto de habitar y abandonar. El conjunto de obras expuestas explora los vínculos y tensiones que se desatan alrededor de conceptos como la memoria, la identidad, el recuerdo, el cambio, la melancolía, la inestabilidad o los lazos emocionales, todo ello desde un prisma personal pero que apela a la colectividad.
La exposición ofrece una manera alternativa de repensar esos espacios que, sin ser del todo nuestros, y estando a disposición de los intereses económicos de sus propietarios, forman parte de la vida y la identidad de cada persona. Contenedor y contenido participan en un flujo continuo de vinculaciones simbólicas en las que las huellas afectivas del lugar se entrelazan con cada una de las piezas expuestas. Así lo materializa la artista Fran Wenk en su obra Libras (figura 3), en la cual la casa representa la represión de la libertad encarnada por el animal enjaulado en su interior.
La muestra subvierte a todos los niveles las lógicas expositivas imperantes en el cubo blanco. Las dinámicas inherentes a cada disciplina son desdibujadas; artistas e historiadoras e historiadores del arte realizan un mismo acto artístico originado desde su propio bagaje personal. Esta conjunción ofrece un retrato colectivo que, en un mundo dominado por el individualismo extremo heredado del sistema capitalista, supone de igual manera una trasgresión. El trabajo colectivo, las amistades, el compañerismo y la colaboración actúan como herramientas de lucha contra un sistema político e ideológico que se sustenta en el conflicto y la digresión social.
Asimismo, la muestra ejemplifica la puesta en duda del carácter sacro y supuestamente inmutable del contenedor expositivo, demostrando de esta manera que cualquier lugar es un buen lugar para exponer. En este sentido, resultan tremendamente interesantes las relaciones que se generan entre los objetos que aún habitan el lugar y las obras de arte, algunas realizadas mediante elementos cotidianos de gran carga simbólica. Es el caso de Inventario de un equipaje para un apocalipsis zombi (figura 2), de Pablo Pérez, pieza que explora los vínculos afectivos y simbólicos que llegamos a establecer con los objetos y como estos conforman, en cierta parte, nuestra identidad, pues como afirma el artista en el texto explicativo, los objetos ahí inventariados son totalmente inútiles, sin embargo, me recuerdan quien fui en algún momento de esta nuestra existencia. Estas transgresiones suponen el derribo de las concepciones elitistas que imperan en el ámbito cultural, ofreciendo de esta manera una experiencia mucho más íntima y horizontal. La exhibición está atravesada por ideas como el recuerdo, los cambios identitarios y los vínculos afectivos. La sucesión de estancias produce, debido a las propias características del espacio, una lectura segmentada pero acumulativa, en la que la narrativa general se va completando a medida que se avanza por el espacio.
En realidad, el mayor acto de transgresión que ofrece la exposición es el propio hecho de existir. Todo lo que fui se quedó en su lugar nace desde la disidencia, desde los márgenes, desde el deseo, la pasión, la colaboración y el esfuerzo colectivo. Una respuesta que surge desde una generación que se niega a permanecer en silencio y que, ante el desánimo del panorama actual, hacen camino al andar. Una colectividad entendida en términos afectivos que se alza como un medio para generar redes de apoyo mediante las que desarrollar discursos complejos y críticos.
Una idea que podría no haber sido, pero que fue.